Son cerca de las dos de la madrugada. Jaz duerme. Bueno, Jaz duerme con Ray, que parece estar de espalda. La luz del balcón enseña su mano formando un arco sobre la cintura de Jaz. A esa hora es cuando finalmente el murmullo se agota y el mar empieza a oírse más cercano, como si estuviera a unos pasos. Por suerte está a unos pasos, y es posible recurrir al lugar de J.
De J recuerdo sus ojos y su constante peregrinar por el malecón cuando lo asaltaba la melancolía. Recuerdo las últimas palabras de J, su adiós, y sus rizos perdiéndose en aquella mañana gris, cuando también quiso convertirse en el hombre gris de la que será unos años mi última historia.
Esas fotos de J que siempre recuerdo: solo en el malecón preguntándose por las olas y las gaviotas y el viento y si yo existiera. Antes de conocerme.
J creció a mi lado. No puedo ahora determinar cuándo fue que noté ese cambio, que se me perdía en un túnel angosto. J siempre fue invisible porque quiso no verse y por eso también decidió marcharse. Pero en esta foto, a pesar de las gruesas texturas de la escalera que resalta, para mí solo existe J, sus ojos tiernos, carmelitaverdes, ¿es así? No sé, con el tiempo, solo sabré que tenía unos ojos inolvidables.
Al entrar pensé que era J quien dormía porque hallé la misma postura, su perfecta ondulación. Además, el pie de Jaz…Extraña imagen aquella que J había vivido con M también durante los primeros bostezos de una madrugada.
Me acuesto. Afuera La Habana es un sortilegio que se abre el mar, una ciudad que se arrodilla al mar. Separo mis rodillas y pienso en Hilda, en la posibilidad de que con el tiempo pase algo semejante y la ausencia de J coloque un diente en mi vagina. Suspiro, ¿con quién estará J ahora?
A las dos de la madrugada la vida empieza en La Habana. Unos besos coinciden con el chirrido de la puerta al cerrarse. Apuesto a que Jaz y Ray dejarán otra vez en el ambiente ese olor conocido. Adiós, muchachos.
El malecón es un baile de máscaras. Un hombre se acerca. Sonrío. Anda confundido. Mira bien, no quiere equivocarse. Seguro otras veces le ha pasado y hoy quiere darse un gustazo con algo que valga la pena. Entonces no seré yo, y sigo caminando, pero insiste. Algo esconde entre sus manos y las piernas. El mundo de los enanos en las alcantarillas, me digo. Abandono ese lugar. J, no pensarás que yo…
Me siento en el muro. Son muchas las luces de las pequeñas embarcaciones que crean como unos círculos y pienso en aquellas discusiones con J sobre el revelado misterio de las cuatros letras, sobre el quinquenio gris, sobre los que aún viven resentidos con la realidad y los cambios. También los nuevos, los niños de los muñequitos rusos y los zapatos viejos, los atados a la isla-globo, los que no vieron salida, como J, y decidieron largarse.
A estas horas J debe estar dormido, o tal vez esté sentado sobre algún pensamiento. Me emociono. Si J chocase con un recuerdo mío, si fuera un cronopio, si llevara en una bolsita, aunque regados, mi nombre y mis recuerdos. Si todavía guardara aquellas primeras naranjas azules, el cuento del cisne o tan solo un ¿qué harás después de mí?
Las luces son el perfecto marco para La Habana. Entre las farolas de las calles y de las embarcaciones hay una estrecha franja por donde circulan los personajes de la noche habanera. Los que han salido a buscar el mar sofocados por el insomnio.
El edifico está distante y es difícil acostumbrarse. Este cambio ha sido terrible, un abandono, un bonjour, tristesse. Demasiados recuerdos quedan encerrados en esos 21 pisos de cuando fui estudiante. Pero ahora Jaz duerme, y puedo volver, aunque pertenezca a otro tiempo.
El tipo de la puerta sabe que no pertenezco a este tiempo, pero me hace una seña y me deja entrar.
El cuarto tiene ese olor conocido. Hay un silencio reciente. Escojo una litera. Esta, en la que J había dormido con M. La soledad es un perro viejo y flaco, me escribió Ema en una carta ––Ema, que una tarde también escogió el invierno. Ahora siento al perro rascarse debajo de la cama. Quedan solo unas horas para que amanezca. Jaz se deja abrazar por Ray. La luz empieza a expandirse poco a poco por el cuarto. J está lejos, pero por suerte el malecón está a unos pasos y siempre es posible salir cuando regresa el insomnio.